miércoles, 21 de septiembre de 2016

Barcelona 1 - Atlético 1

Resiste la roca
EL ATLETI ESTUVO MUY IMPRECISO EN LA PRIMERA MITAD PERO SUPO CONTROLAR EL PARTIDO EN  LA SEGUNDA


Resulta difícil negar la erótica del sufrimiento y el dolor. Pocos equipos se entregan a su propia angustia como el Atlético. Tensa los músculos del cuello cuando el agua alcanza ya los párpados. Rechaza toda llamada de auxilio y, lejos de lamentarse, busca la manera de darle esquinazo al sepulturero. Nunca es momento para una última palada. Siempre hay un motivo para seguir respirando. Sobrevivir es la manera más bella de vivir.

Quizá Diego Pablo Simeone pueda torturarse por no haber conseguido -hasta el momento- conceder al Atlético una Copa de Europa. Pero el imaginario rojiblanco lo mantendrá por siempre en la memoria por haber engendrado a uno de los equipos más singulares que se recuerdan. Asistir a los movimientos defensivos del ejército del Cholo resulta un espectáculo. Las ayudas defensivas se suceden, los hombres se mueven de izquierda a derecha como si estuvieran todos ellos atravesados por la barra de hierro de un futbolín. Un tormento para cualquiera. Bien lo sabe el Barcelona, eliminado por dos veces por los rojiblancos en la Champions.

Premio en la estrategia
La purpurina no suele bastar para derrocar al Atlético. Se requiere imaginación, esfuerzo y un trabajo táctico a la altura. Por eso hubo que reparar en la satisfacción de Luis Enrique y su ayudante, Juan Carlos Unzué, justo en el momento en que sus futbolistas celebraban como si no hubiera mañana el testarazo a la red de Rakitic. Ante la imposibilidad de fecundar desde el ataque estático, sin opción alguna al contraataque y con Messi siempre atrapado entre tres o cuatro rivales, los mares se abrieron en un saque de esquina.

Botarlo en corto llevó a los rojiblancos al repentino desorden. Iniesta aprovechó la tesitura para centrar al corazón del área pequeña. Filipe Luis no logró llegar a la marca, por lo que Rakitic, futbolista idóneo para este tipo de entuertos, pudo girar la cabeza con soltura para avanzar al Barcelona en el marcador.

Por supuesto, el Atlético, con todo el segundo tiempo por delante, se empeñaría en responder al golpe. Aunque para ello tuviera que aprovecharse de un sinfín de episodios desgraciados sufridos por el Barcelona. Ni siquiera se había alcanzado una decena de minutos de la reanudación y los azulgrana ya se habían quedado sin sus dos futbolistas capitales: Sergio Busquets, griposo, y Leo Messi, que sufrió una rotura en el adductor del muslo derecho que le apartará tres semanas de los terrenos de juego. El centrocampista, expuesto cada año a esfuerzos sobrehumanos, es el único al que el club nunca encontró recambio. Sin La Pulga, simplemente, este Barça pierde demasiadas veces su razón de ser. André Gomes y Arda hicieron lo que pudieron. Y a duras penas cumplieron.

Torres hacia Correa
Nadie huele la sangre como Simeone. Dejó por un rato a buen recaudo su traje defensivo, echó a volar a Correa y Torres por Gameiro y Saúl, y en un santiamén tomó el empate. El Atlético, centellente, sacó una falta sin que el Barcelona supiera demasiado bien qué hacer. Piqué vio pasar el balón bajo sus piernas, Torres intervino en el pase y Mascherano aceleró su descenso a los infiernos con un inoportuno resbalón. Aunque nada como ese chico maravilloso llamado Ángel Correa que hizo suyo el Camp Nou con un gol de los que no se olvidan. Un tanto con el que quizá debió soñar hace dos años en Nueva York, cuando los médicos pudieron extirparle un quiste que se alojaba en uno de los ventrículos del corazón. Una vez logrado el empate y mientras Griezmann ejercía las labores de un obrero más, el Atlético podía volver al origen. Es decir, a su inaccesible retaguardia.

Sin el sostén de Messi, los focos debían atender a Neymar. Aunque el Barcelona, con las urgencias propias de quien intuye el desenlace, sólo pudo entregarse a las jugadas episódicas. El brasileño, lejos esta vez de arabescos, exigió a Oblak por dos veces. El meta ni se inmutó. También estuvo cerca de atrapar el segundo gol Jordi Alba, cuyo disparo con el alma acabó marchándose por encima del larguero.

El Atlético, sin embargo, no diría adiós al Camp Nou sin que Godín pusiera a prueba los nervios de Ter Stegen. Y, sobre todo, sin recordarnos que pocos son capaces de quebrantar su fe.


Francisco Cabezas (ElMundo.es)

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