domingo, 25 de febrero de 2018

Sevilla 2 - Atlético 5

El Atleti saca las armas



Había aprendido Simeone de la Copa y no se dejaría derribar por los mismos golpes. Allá donde Montella hizo daño hace un mes ahora tenía escudos. Oblak el primero. Porque no era el segundo 28 cuando el Sevilla se presentó por primera en su área pero casi. Minuto 2 y Muriel que se cuela a Godín y dispara solo, mano a mano, ante el portero rojiblanco. San Jan de pronto se hizo gigante. Sacó manos, cuerpo y manopla, repelió el balón. El rechace, de Correa, lo vería irse fuera. En su portería no dejaría pasar ni a su madre. La de Rico la llenó de agujeros Simeone. Sólo necesitó tres cosas: un robo, magia y un milagro.

Y eso que en los primeros minutos, el Sevilla no dejaría de llamar a la puerta. El partido sólo tenía una dirección: la que corrían las botas del Sevilla. Alegre y con ganas, Nzonzi no dejaba de lanzar jugadores a la portería del esloveno. Con cuatro centrocampistas, el Atleti era incapaz de tener el balón. Entonces se escuchó un clac. Fue leve, casi imperceptible, pero cambiaría el partido para siempre. Había sonado en el gemelo de Navas, aquel que se descubrió como lateral hace un mes ante el Atleti y que, desde entonces, no había descansado. Montella jugaba contra dos rivales. Simeone y la fatiga. El último ya le había marcado un gol; ese Navas roto. El primero sólo necesitaría unos minutos más.

Layún salía frío, Thomas y Gabi iban ensanchando sus dominios, en el cielo todo eran balones en largo, rebotes cuando apareció él. Primero él es un sonido, dos pies golpeando el suelo de Nervión con la fuerza de un ejército. Él es una figura que corre hacia la portería contraria e intenta rebasar a Mercado como si éste fuese un semáforo en verde y arrolla a Lenglet, con amarilla. Él se convierte en ese cruce de miradas entre Rico y Banega: saca el portero al centrocampista y de pronto el miedo sacude al Pizjuán. Porque entonces aparece él y le roba el balón al argentino, que no revisó su espalda, que no sintió sobre ella el aliento de la Bestia. Él roba y hace el gol. Él se levanta y pasea su dedo por su nombre en la espalda. Die-go-Cos-ta. Por si al Pizjuán se le hubiese olvidado. Es el ruido, la furia, el caos.

Poco después, el Sevilla bajaría los brazos. Si primero hirió La Bestia, después lo haría El Artista. Porque Griezmann se sacó un pincel de la bota cuando el descanso asomaba para hacer arte en medio del barullo. El francés se vistió de Messi y atrapó un balón en la frontal, que venía rebotado, para inventarse un gol con la pierna derecha, su mala, ja, y enviar la pelota entre tres rivales a la escuadra contraria. Simeone se iba al descanso con el traje impoluto y amarrado a la diestra del francés. Cresta al viento, las manos de Grizi imitaban una guitarra. Bailaba Costa. Qué pareja tiene el Cholo. Costiezmann.



Acababa de regresar el partido del descanso cuando juntos obrarían el milagro. Porque Costa corrió y le derribó Rico en el área y, de pronto, se escuchó un silbato. Del árbitro. Penalti. Al Atleti hasta le sonó extraño. 30 partidos hacía que no lo escuchaba. Lo metió Griezmann. Raso y pegado al palo. Tercer gol del Atleti.

Y habría un cuarto. Ya se sabe: “aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. La defensa del Sevilla, deshecha, se estremecía cada vez que corría un rojiblanco. Griezmann les robó otra pelota y asistió de tacón para el gol de Koke. Fue justo después de que enviara un balón al palo, Simeone miró a su banquillo para añadirle otra cosa al partido: ex.

Vitolo y Gameiro al campo mientras el Pizjuán silbaba, rugía y Griezmann se pedía un último gol. Saúl se lo daría. Sarabia y Nolito, mientras, pusieron el honor para Montella, con dos goles que no maquillaron la catástrofe. El Atleti se había desconectado ya. Mirando al Lega, desafiando al Camp Nou. Vuela alto sobre esa capa. Pilota Griezmann.

Patricia Cazón (As.com)

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